martes, 6 de enero de 2009

Margaret Anderson sólo era una persona


Aunque venía de la clase más media, en el medio de Indianapolis, Indiana, cogió los bártulos y, decidida como ninguna, se dijo que más que pianista y escritora, sería un punto de referencia en ambos mundos, el de la música y el literario.

No sé si en aquellos días (1893-1973) te podías permitir ser una persona con determinación y que aquella fuese tu arma más afiliada, algo así como lo que se decía antes: "cuestión de actitud, cuestión de principios","a dios pongo por testigo que nunca volveré a pasar hambre"... El caso es que tenía 21 añitos y montó The Little Review, lo que hoy sería un foro de moda segurotas, con un espíritu anti-intelectual y anti-académico, pero que consiguió reunir a lo más fresco de la ficción y la poesía. Para muestra, el Ulises de Joyce se publicó en fascículos durante 15 años, y Ezra Pound llegó a ser su editor.

“Su mayor talento residía en la amistad. El arte de la amistad era para ella tan importante como cualquier otro.” “El hecho de mantenerse distante de convencionalismos y leyes naturales, de ser una freak, le suponía una fuente de alegría más que de dolor, ya que nunca se interesó por nada que no fuese extraordinario y escaso: aquellas personas con un talento artístico y vital para percibir y entender a un profundo nivel de consciencia su naturaleza y la de aquellos a su alrededor.”

“Lo que tengo de irreal es, principalmente, el hecho de que nunca me he sentido demasiado humana. Me encanta esa sensación.”

Sin embargo, lo que más me gusta de esta mujer, quizás porque es lo poco que conozco, son sus declaraciones respecto al sexo y al amor, incluso en una época en la que había que guardar cuidado en las referencias al respecto (más de un número del Little Review se quedó en la frontera, varios fueron quemados). Para ella, esta dificultad era un desafío.

“El sexo por el sexo es algo desconocido para mí. Lástima, creo que me he perdido parte de la sal y pimienta de la vida. El sexo para mí siempre ha estado ligado al amor. Éste lo he encontrado sólo con gente que considera el sexo como un misterio y un regalo.”
“A mí lo que me sobraba era tanto drama. Siempre he tenido algo mejor que vivir que mi vida privada.”
Así que su amante, Jane Heap, se pasó días con la cara pegada a las sábanas, ante la preferencia de Margaret de no entregar su “maravillosa vida” en pos del amor. Habían convivido 9 años, y aunque mantuvieron una relación muy estrecha, Margaret se fue con Georgette Leblanc, una cantante que le sacaba un par de décadas, con la que vivió 21 (¡!) añazos.

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